domingo, 19 de marzo de 2017

Pequeñas Semillitas 3304

PEQUEÑAS SEMILLITAS

Año 12 - Número 3304 ~ Domingo 19 de Marzo de 2017
Desde la ciudad de Córdoba (Argentina)
Alabado sea Jesucristo…
El Evangelio de este domingo nos narra el episodio de la samaritana. Ella aprovechó muy buen el encuentro con el Señor. También Jesús sale repetidas veces a nuestro encuentro, pero no le hacemos caso. Esto es muy peligroso. San Agustín advierte de lo grave que es no aprovechar las gracias que Dios no da en ciertos momentos, pues puede ser que ya no se repita la ocasión.
El Señor, antes de darnos sus dones, nos pide nuestra colaboración: «dame de beber». Jesús podía haber sacado el agua sin cubo haciendo un milagro. Pero no hace los milagros sin motivo. Quiere que las cosas se consigan con nuestra colaboración. Después Él premia con sus dones. Y además está el premio de la virtud misma, pues la satisfacción de hacer el bien ya es un premio.
Cuando llenamos el corazón de Dios, ya no cabe nada más. Los bienes de la tierra no llenan el corazón. Por muchos que se acumulen, siempre hay apetencia de más. Por eso dice el refrán: “no es rico el que tiene mucho, sino aquél al que todo le sobra”. Pues la avaricia es insaciable.
Pidamos al Señor que nos dé del agua que sacia, para que desprendidos de los bienes de este mundo, vivamos sólo para Él.  P. Jorge Loring  S.J.

¡Buenos días!

El amor es paciente
Revisa con frecuencia la autenticidad de tu amor. No te limites a preguntarte: ¿amo? Analiza: ¿renuncio a mí mismo, me olvido de mí mismo, me entrego? Si amas, te entregas. Si te entregas a los demás, te enriqueces con ellos. Así el amor engrandece infinitamente a quien ama, pues quien acepta desprenderse de sí mismo, descubre a todos los demás y se une a la humanidad entera. Michel Quoist. 

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (1 Cor 13, 4-7).

Vivir la caridad cristiana no es fácil. En verdad está por encima de nuestra capacidad humana. Por eso es indispensable suplicar con humildad y constancia al Señor el don del Amor y la Paz para poder elevarnos sobre nuestros egoísmos, retraimientos, susceptibilidades… Pero cuando el Espíritu del Amor nos invade podemos “perdonar, soportar y esperar sin límites”.
* Enviado por el P. Natalio

La Palabra de Dios:
Evangelio de hoy
Texto del Evangelio:
En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna».
Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad».
Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad».
Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».
En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él.
Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga».
Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo». (Jn 4,5-42)

Comentario:
Hoy, como en aquel mediodía en Samaría, Jesús se acerca a nuestra vida, a mitad de nuestro camino cuaresmal, pidiéndonos como a la Samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7). «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe».
El Prefacio de la celebración eucarística de hoy nos hablará de que este diálogo termina con un trueque salvífico en donde el Señor, «(...) al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino».
Ese deseo salvador de Jesús vuelto “sed” es, hoy día también, “sed” de nuestra fe, de nuestra respuesta de fe ante tantas invitaciones cuaresmales a la conversión, al cambio, a reconciliarnos con Dios y los hermanos, a prepararnos lo mejor posible para recibir una nueva vida de resucitados en la Pascua que se nos acerca.
«Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26): esta directa y manifiesta confesión de Jesús acerca de su misión, cosa que no había hecho con nadie antes, muestra igualmente el amor de Dios que se hace más búsqueda del pecador y promesa de salvación que saciará abundantemente el deseo humano de la Vida verdadera. Es así que, más adelante en este mismo Evangelio, Jesús proclamará: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí», como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37b-38). Por eso, tu compromiso es hoy salir de ti y decir a los hombres: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho…» (Jn 4,29).
* P. Julio César RAMOS González SDB (Mendoza, Argentina)

Palabras de San Juan Pablo II
“Prosigue nuestro itinerario cuaresmal hacia la Pascua, itinerario de conversión guiado por la palabra de Dios, que ilumina los pasos de nuestra vida. La Cuaresma orienta la mirada, más allá del presente, más allá de la historia y del horizonte de este mundo, hacia la comunión perfecta con la Santísima Trinidad. El auténtico espíritu cuaresmal es búsqueda de la alegría profunda, fruto de la amistad con Dios”.

Predicación del Evangelio
"Si conocieras el don de Dios..."
Ante este episodio que nos presenta hoy la Liturgia de la Palabra, debemos encomendarnos al Espíritu Santo con la esperanza de captar, por su luz, la enseñanza que se nos ofrece. Son muchos los rasgos aleccionadores de la escena. Fijémonos sólo en uno y de carácter general: que en realidad no suceden las cosas sólo humanamente, en un sentido exclusivamente terreno y, por así decir, recortado del término humano. Como entre Jesús y esa mujer, para nosotros todo sucede sobrenaturalmente. En los negocios estrictamente humanos el que pide espera recibir; pero aquí Jesús pide para dar. Cuando en lo humano damos algo favorecemos a otro, sin embargo, a Dios no le podemos favorecer. Siempre resulta favorecido el que decide ser generoso con Él. Siendo Dios puro don, enriquece siempre; hasta cuando pide y le damos.

Así ha sucedido desde el principio con la Creación, con la revelación de Dios a los patriarcas..., a los profetas...: en cada momento los hombres han tenido la oportunidad de secundar la voluntad divina. Así con Jesucristo, como aquel día junto al pozo de Sicar, y así continúa otorgándonos sus dones cada vez que tenemos la impresión de cumplir con lo que Dios nos pide o de llevar a cabo lo que más le agrada. Es preciso reconocer que, por voluntad de Dios, somos mucho más de lo que imaginamos; pues tenemos la capacidad de conocer a Dios y de conformar nuestra voluntad con la suya. En esto consiste la libertad y por esto es, en lo humano, el mayor don que de Dios hemos recibido. La grandeza de libertad consiste en que es una permanente oportunidad, concedida a los hombres de modo exclusivo -vale la pena insistir en ello- de recibir dones de Dios: que en cada momento nos podemos identificar, de algún modo con Él dando, dándonos, amando.

¿Libertad para ser independiente, para realizar mi antojo, para sentirme dueño y señor de mí mismo, para imponer mi voluntad con autonomía en mis cosas? Sí, desde luego. Pero es claro que no consiste en eso la grandeza de la libertad. ¿Qué importancia tiene que se lleve a cabo lo mío, mi "gran" decisión? No pasa de ser eso -por genial que me parezca- la ocurrencia de una criatura, una gran criatura si queremos por ser hombres, pero una criatura al fin y al cabo. ¡Qué diferente si lo que se lleva a cabo es una voluntad divina, siendo también la mía! He aquí la grandeza de la libertad: la oportunidad permanente que tiene el hombre de actuar a lo divino. Que sólo se entiende cuando esa libertad va de la mano con la unidad; que es tanto como decir que se asienta en la genuina verdad del hodos calormbre.

Es lógico, por consiguiente, que Jesús muestre su extrañeza a la mujer, que se resiste en un primer momento a acceder a su petición por considerarse superior. Pero hacer lo que Dios desea supone identificarse de algún modo con Él; por eso, siempre es favorecido el que cumple su voluntad. Aunque parezca que se hace algo por Dios, más bien se recibe lo que Dios concede: actuar a lo divino y, de algún modo, ser como Él. Esto es ser "a su imagen y semejanza"; precisamente lo que marca la diferencia entre el hombre y el resto de la Creación que contemplamos, lo que nos eleva de tal modo, incluso sobre nosotros mismos, que -como ya se ha dicho-, por nuestra grandeza, nunca acabamos de comprendernos.

Jesús, por su parte, habiéndose hecho hombre, hijo de María, se pone a nuestra altura siendo Dios; para que siendo hombres y con su misma Madre, le podamos amar de verdad.
© Luis de Moya

Cuaresma día a día
El sentido de la mortificación
I. La salvación del género humano culmina en la Cruz, hacia la que Cristo encamina toda su vida en la tierra. Y es en la Cruz donde el alma alcanza la plenitud de la identificación con Cristo. Ese es el sentido más profundo que tienen los actos de mortificación y penitencia. Para ser discípulo del Señor es preciso seguir su consejo: el que quiera venir en pos de Mí niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. No es posible seguir al Señor sin la Cruz. Unida al Señor, la mortificación voluntaria y las mortificaciones pasivas adquieren su más hondo sentido. No son algo dirigido a la propia perfección, o una manera de sobrellevar con paciencia las contrariedades de esta vida, sino participación en el misterio de la Redención. La mortificación puede parecer a algunos una locura o necedad, y también puede ser signo de contradicción o piedra de escándalo para aquellos olvidados de Dios. Pero no nos debe extrañar, pues ni los mismos Apóstoles no siguen a Cristo hasta el Calvario, pues aún, por no haber recibido al Espíritu Santo, eran débiles.

II. Para dar frutos, amando a Dios, ayudando a una manera efectiva a los demás, es necesario el sacrificio. Para ser sobrenaturalmente eficaces debe morir uno a sí mismo mediante la continua mortificación, olvidándose por completo de su comodidad y de su egoísmo. Debemos perder el miedo al sacrificio, pues la Cruz la quiere para nosotros un Padre que nos ama y sabe bien lo que nos conviene. Con la mortificación nos elevamos hasta el Señor; sin ella quedamos a ras de tierra. Con el sacrificio voluntario, con el dolor ofrecido y llevado con paciencia y amor nos unimos firmemente al Señor. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestra alma, pues mi yugo es suave, y mi carga, ligera. (Mateo 11, 28-30).

III. Con la mortificación, además de seguir a Cristo en su afán de redimirnos en la Cruz, es también medio para progresar en las virtudes, pues mantiene nuestro corazón permanentemente dirigido a Dios. La mortificación es también medio indispensable para hacer apostolado. Además no olvidemos que la mortificación nos sirve como reparación de nuestras faltas pasadas, hayan sido pequeñas o grandes. Le pedimos al Señor que sepamos aprovechar nuestra vida, a partir de ahora del mejor de los modos, y nos preguntamos: “¿Motivos para la penitencia?: Desagravio, reparación, petición, hacimiento de gracias: medio para ir adelante...: por ti, por mí, por los demás, por tu familia, por tu país, por la Iglesia... Y mil motivos más” (San Josemaría Escrivá, Camino)
Francisco Fernández Carvajal

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"Juan Pablo II inolvidable"
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Agradecimientos
Imaginemos que en el cielo hay dos oficinas diferentes para tratar lo relativo a las oraciones de las personas en la tierra:
Una es para receptar pedidos de diversas gracias, y allí los muchos ángeles que atienden trabajan intensamente y sin descanso por la cantidad de peticiones que llegan en todo momento.
La otra oficina es para recibir los agradecimientos por las gracias concedidas y en ella hay un par de ángeles aburridos porque prácticamente no les llega ningún mensaje de los hombres desde la tierra para dar gracias...
Desde esta sección de "Pequeñas Semillitas" pretendemos juntar una vez por semana (los domingos) todos los mensajes para la segunda oficina: agradecimientos por favores y gracias concedidas como respuesta a nuestros pedidos de oración.

Desde Cuba, Dania escribe y dice: “Leyendo hoy las semillitas y viendo por segundo domingo consecutivo que nadie da gracias a Dios, me puse a pensar y llegué a esta reflexión. El problema es que estamos dando gracias por lo general cuando se nos concede algo que pedimos, pero si miramos a nuestro alrededor y vemos a tantos hermanos que pasan hambre, frío, soledad, que no tienen hogar, el conflicto de los migrantes en el mundo entero, a los enfermos que tenemos a nuestro alrededor, realmente los que tenemos familia, salud, techo, alimentos, deberíamos estar dando gracias constantemente por todos esos dones que el Señor nos está dando, hasta por los "problemas" que podamos tener, pues estos nos ayudan a crecer en la fe y en la confianza en Cristo”.

Desde México, Cecilia nos escribe y dice: “Estimado Felipe: Soy asidua lectora de Pequeñas Semillitas desde sus inicios; por este medio quiero darle gracias a Dios en primer lugar por inspirarte a fundar esta página que tanto bien hace a todos tus lectores y a los que yo les mando tus escritos y luego  gracias a ti por estar presente en nuestras vidas. ¡Que Dios te siga llenando de bendiciones!

Los cinco minutos de María
Marzo 19
En la vida de la Virgen hallamos muy pocas cosas extraordinarias o llamativas: María, en Belén y en Nazaret, se santificó en las mil y una cosas de la vida cotidiana de una solícita ama de casa.
Todavía se conserva en Nazaret la llamada fuente de la Virgen, a la que ella iría todos los días con el cántaro sobre su cabeza y llevando a Jesús de sus manos, buscando el agua que necesitaba.
No pensemos que nosotros vamos a llegar a la santidad haciendo cosas raras o llamativas, cosas que salgan de lo común o de lo que hacen los que nos rodean. Lo extraordinario no deberá estar en lo que hacemos, sino en el amor con que lo realizamos.
“Madre de la Iglesia, pues no se puede hablar de la Iglesia si no está presente María" (MC 28), ayúdanos a formar comunidades donde vivamos la santidad en las pequeñas cosas dela vida cotidiana.
* P. Alfonso Milagro

Jardinero de Dios
-el más pequeñito de todos-

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